¿CONOCES A LOS HARLOW?


      ¿Nunca os han dicho que vuestro perro o gato solo os quiere porque le dais de comer? Mucha gente lo piensa, piensan que los animales no tienen sentimientos, que se guían solamente por sus necesidades físicas más básicas.

            Hasta no hace mucho tiempo la corriente estrella de la psicología era el psicoanálisis y pensaba más o menos lo mismo de los vínculos entre los bebés y sus cuidadores. La conclusión de las teorías psicoanalíticas era bastante triste: los bebés solo nos quieren porque les damos de comer.

            Afortunadamente llegó John Bowlby con su Teoría del apego y todo ese panorama cambió. Este autor comenzó a observar la forma en que los niños usan a sus cuidadores como fuente de seguridad y para calmar su miedo y su angustia, es decir, para los niños sus padres son proveedores de bienestar. Los padres se convierten en una Base Segura, desde la cual el niño puede aventurarse a explorar el mundo.

            ¿Qué es exactamente eso a lo que llamamos “Apego”? El apego es “el lazo afectivo que una persona o animal forma entre él mismo y otro de su especie”. Este lazo les impulsa a estar juntos en el espacio y a permanecer juntos a lo largo del tiempo. La teoría del apego postula que de entre todas las necesidades básicas, la necesidad de establecer vínculos afectivos predomina sobre todas las demás.

            De acuerdo…hoy en día se piensa que los seres humanos se apegan a figuras relevantes en su vida y que esos vínculos afectivos son una prioridad para ellos. ¿Pero que hay de nuestros amigos los animales? ¿Qué pasa con esas personas que piensan que los animales solo se guían por el hambre, la sed y el sexo?  Yo sé lo que pasa con ellos, no han leído los experimentos de los Harlow y los monos con madres sustitutas.



 ¡Que atrevida es la ignorancia!




            Los años 60. Margaret Harlow y Harry F. Harlow llevaron a cabo una serie de estudios con primates que demostraron que en ellos existe un apego que va más allá de ser alimentados.

            Esta pareja de etólogos hicieron lo siguiente. Seleccionaron a unas cuantas crías de chimpancé y las separaron de sus madres biológicas. Estos pequeños monitos crecieron en unas jaulas con dos tipos de mamás. A un lado de la jaula encontraban a un muñeco muy suave, muy suave, hecho de felpa acogedora y calentita. Al otro lado convivían con una madre de malla metálica, fría y dura. A esta última madre sustituta le colocaban biberones con alimento, y según las teorías psicoanalíticas, y según el pensamiento de mucha gente de hoy en día, los monitos deberían preferir estar con la madre de malla metálica, ¡ella tenía la comida! ¿no es así? ¿No habíamos quedado en que los animales se guían por sus instintos más primarios? Que sorpresa el descubrir que los pequeños monitos pasaban la mayor parte de su tiempo colgados de la mamá de felpa, que no les daba nada. Nuestros pequeños amigos estaban completamente apegados a sus madres calentitas y confortables. Es más, cuando se les exponía a situaciones extrañas que les causaban miedo corrían veloces como alma que lleva el diablo en busca de la protección de sus mamás de felpa.

            La diferencia en el afecto que profesaban a estas madres perduró en el tiempo. Los Harlow separaron a los monitos de ambas madres durante un año y cuando volvieron a encontrarse los pequeños corrieron a abrazarse a la mamá de felpa, pasando olímpicamente de la madre de malla dura que les había alimentado en su más tierna infancia.



           


Estas investigaciones del campo de la etología contribuyeron en gran medida a las teorías del apego en seres humanos, al igual que otros muchos experimentos realizados con otros animales ayudan a dar explicación a muchos interrogantes del comportamiento de las personas. ¿No será que en el fondo no somos tan diferentes? ¿Puede ser que compartamos con nuestros amigos peludos más de los que a algunos les gustaría admitir? Es evidente que si.

           

La próxima vez que alguien te diga que los animales no tienen emociones, o que tu mascota solo te quiere porque le das de comer. Compadécete de su pobre alma y pregúntale: “¿Conoces a los Harlow?”.









 


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